domingo, 12 de mayo de 2013


LA VIDA INSTRUCCIONES DE USO

Guillermo Villegas Rivera

Para Quico Cadaval

Hace pocos años, leí una novela del francés Jacques Perec, llamada “La vida instrucciones de uso”, que cuenta – y aquí manda la imaginación  sobre la memoria – la historia de un hombre rico que cansado de su vida burguesa emprende un viaje por los puertos del mundo. En cada uno se detiene el tiempo  suficiente para pintar un paisaje marino que, inmediatamente, envía a París. Allí, un grupo de gentes que trabajan para él, se encarga de convertir su acuarela en un complejo rompecabezas. Después de muchos años, el hombre regresa y dedica el resto de su vida, encerrado en su apartamento, a una única, y de pronto absurda, ocupación: armar los rompecabezas. Para el hombre, no se trataba únicamente de juntar unas piezas, sino de despertar sus recuerdos a las sensaciones vividas cuando frente a su caballete trataba de plasmar lo diferente del paisaje que pintaba: la serenidad o la violencia de las aguas, las tonalidades de azul, los juegos de luz y sombras, los olores salobres que se mezclaban con las aromas de las gentes, la imponencia o la pobreza de las embarcaciones, la tranquilidad o la agonía que transmiten los ambientes de los puertos. Era como convocar al nacimiento de lo que los franceses llaman el “dejá vu”, esa sensación, mezcla de fantasía y realidad, que a ratos tenemos de ya haber estado en ese sitio, de ya haber conocido a alguien que por primera vez vemos, de evocar gentes y momentos que de una u otra manera se parecen a lo que vivimos en el instante, de asociar lo nuevo a lo viejo, en la emoción de repetir una experiencia o dar forma real a una ensoñación.

De alguna manera, este hombre había decidido que su vida tenía validez sólo a partir del instante en que abandonó todo por pintar paisajes marinos y que la habría de vivir dos veces: en el momento en que llegaba a cada puerto y en el instante que dedicaría a armar los rompecabezas. Lo importante es que había detenido su vida, en cuanto encontró un uso para el resto de su vida. Para él ya no existían ni la cotidianidad, batallas por emprender, ni derrotas por restaurar, ni sueños para construir y mucho menos para soñar. La vida se había detenido en un instante pero a pesar de ello adquiría una nueva vitalidad: una reconstrucción que lo instalaba en el mundo de la imaginación.

Una vida perfecta, pienso hoy. Armar la historia de mi propia vida, no en una mera reconstrucción  de hechos, actores y fechas, sino tal y como ha llegado a mis sentidos. No recordar una calle, sino el temor o la seguridad  que despertó. No recordar a un amigo por su rostro o sus maneras, sino por la complicidad que brindó. No recordar la traición, sino la ruptura dolorosa del alma. No recordar una mujer por su andar, sino por los deseos que despertaba. Y tal vez, sería posible uno decidir que tipo de sensaciones traer, inventar, imaginar, para construir un sentido único, propio, autónomo, que legitime la existencia.

Lo mejor sería emprender hoy el mismo camino que el hombre de la novela tomó. No es necesario cargar un caballete y unas pinturas y, mucho menos, emprender un largo viaje. Bastaría con instalarme en mi ventana, de manera tal que desde afuera nadie me perciba y pueda interrumpir el viaje a mi interior, a mi otra vida,  concebida como un espacio determinado sólo por mi imaginación.

Si el día es iluminado por un sol radiante podría dedicarlo a las cosas y hechos que me deslumbraron: la inteligencia del compañero de estudios, la filigrana improvisada de Maradona,  la extrañeza del  cuento de Quico Cadaval, la sensualidad de la negra al bailar, la sonrisa de una chica al despedirse de un amigo, las buenas energías que transmiten algunos seres al dar la mano, la capacidad adivinatoria que hizo que mi madre regalara la caricia y mi padre pronunciara la palabra dura y justa en el momento preciso, la mujer que estuvo ante mis ojos sólo un instante pero cuyo recuerdo me persiguió siempre al punto que me pasé la vida persiguiendo su imagen, el verso o la frase que leí con la envidia de no ser su autor o, por que no, esa sensación que en esos días se despertaba en mí al salir a la calle y que nunca he podido definir entre el agrado o el rechazo por el olor fuerte que nacía de mi cuerpo o la manera en que la luz que provenía del horizonte cambiaba, haciendo sombras y contrastes, creando nuevas formas a las calles, resaltando con brillos las cosas, pegando-transparentando las ropas a los cuerpos sudorosos eróticos creadores de deseos, la sequedad de la garganta y la sensación aliviadora del agua que moja los labios, inunda la boca y refresca la vida. La ansiedad por llegar a cobijo de la sombra, desnudar el cuerpo, sentir bajo los pies el frío del piso, dejar correr el agua de la ducha por el cuerpo erguido, la cabeza hacia atrás, los brazos en alto, todo en posición de adoración o dos cuerpos que se rechazan por el sudor pero que  un orgasmo junta y refresca al contacto de la lengua con una piel salada.

Los días grises, oscuros, siempre han estado predestinados a la evocación melancólica, triste, dolorosamente apabulladora. Han sido usados para reavivar los odios, los rencores, urdir las venganzas. Más que añorar o evocar, optaré por el saudade, esa palabra portuguesa que se refiere a recordar con emoción. Yo los dedicaré a ello: a traer a mi memoria no el vacío de la despedida de una mujer que me amó sino el alivio de sus caricias y palabras, no el dolor sino los buenos recuerdos atropellados en mi cabeza ante el cadáver de mi padre, no el gesto siempre preocupado de mi madre al despedirme sino su sonrisa al verme regresar, no la desazón sino la paz que me daba alguna mujer que según la razón no debí amar, no las angustias sino la alegría de vencer las dificultades.

Pero los rompecabezas -dice Perec- están constituidos por pequeñas piezas que al juntarse constituyen un todo cuya armonía radica no en la totalidad sino en los contrastes y desvanecencia  de las formas y los colores. Se arman sólo cuando las piezas que se juntan, después de probar todas las combinaciones posibles, adquieren un significado. En ellos los paisajes actúan como fondos de las figuras, iluminándolas u oscureciéndolas, según la sensación que quieran despertar. Lo radiante, lo lleno de luz siempre asociado a la alegría, a la felicidad. Lo oscuro, lo sombreado, a la tristeza, al ocaso, a la decadencia. No bastaría porque vivir la vida, aun en la imaginación, es eso: instantes de alegría y dolor, de esperanza e impotencia, contrastes que se juntan para construir su significado.

miércoles, 28 de marzo de 2007

Paleer

Paleer es para eso: paleer. Aquí pondre cosas que lea y quiera compartir con los demás. ¿Por qué para que leer, sino podemos contarle a otro de lo que leímos? De alguna manera, busco que la lectura vaya más allá del placer solitario al placer del encuentro con otro.