LA VIDA INSTRUCCIONES DE USO
Guillermo Villegas Rivera
Para Quico Cadaval
Hace pocos años, leí una novela del
francés Jacques Perec, llamada “La vida instrucciones de uso”, que cuenta – y
aquí manda la imaginación sobre la
memoria – la historia de un hombre rico que cansado de su vida burguesa
emprende un viaje por los puertos del mundo. En cada uno se detiene el
tiempo suficiente para pintar un paisaje
marino que, inmediatamente, envía a París. Allí, un grupo de gentes que
trabajan para él, se encarga de convertir su acuarela en un complejo
rompecabezas. Después de muchos años, el hombre regresa y dedica el resto de su
vida, encerrado en su apartamento, a una única, y de pronto absurda, ocupación:
armar los rompecabezas. Para el hombre, no se trataba únicamente de juntar unas
piezas, sino de despertar sus recuerdos a las sensaciones vividas cuando frente
a su caballete trataba de plasmar lo diferente del paisaje que pintaba: la
serenidad o la violencia de las aguas, las tonalidades de azul, los juegos de
luz y sombras, los olores salobres que se mezclaban con las aromas de las
gentes, la imponencia o la pobreza de las embarcaciones, la tranquilidad o la
agonía que transmiten los ambientes de los puertos. Era como convocar al
nacimiento de lo que los franceses llaman el “dejá vu”, esa sensación, mezcla
de fantasía y realidad, que a ratos tenemos de ya haber estado en ese sitio, de
ya haber conocido a alguien que por primera vez vemos, de evocar gentes y
momentos que de una u otra manera se parecen a lo que vivimos en el instante,
de asociar lo nuevo a lo viejo, en la emoción de repetir una experiencia o dar
forma real a una ensoñación.
De alguna
manera, este hombre había decidido que su vida tenía validez sólo a partir del
instante en que abandonó todo por pintar paisajes marinos y que la habría de
vivir dos veces: en el momento en que llegaba a cada puerto y en el instante
que dedicaría a armar los rompecabezas. Lo importante es que había detenido su
vida, en cuanto encontró un uso para el resto de su vida. Para él ya no
existían ni la cotidianidad, batallas por emprender, ni derrotas por restaurar,
ni sueños para construir y mucho menos para soñar. La vida se había detenido en
un instante pero a pesar de ello adquiría una nueva vitalidad: una
reconstrucción que lo instalaba en el mundo de la imaginación.
Una vida
perfecta, pienso hoy. Armar la historia de mi propia vida, no en una mera
reconstrucción de hechos, actores y
fechas, sino tal y como ha llegado a mis sentidos. No recordar una calle, sino
el temor o la seguridad que despertó. No
recordar a un amigo por su rostro o sus maneras, sino por la complicidad que
brindó. No recordar la traición, sino la ruptura dolorosa del alma. No recordar
una mujer por su andar, sino por los deseos que despertaba. Y tal vez, sería
posible uno decidir que tipo de sensaciones traer, inventar, imaginar, para
construir un sentido único, propio, autónomo, que legitime la existencia.
Lo mejor sería
emprender hoy el mismo camino que el hombre de la novela tomó. No es necesario
cargar un caballete y unas pinturas y, mucho menos, emprender un largo viaje.
Bastaría con instalarme en mi ventana, de manera tal que desde afuera nadie me
perciba y pueda interrumpir el viaje a mi interior, a mi otra vida, concebida como un espacio determinado sólo por
mi imaginación.
Si el día es
iluminado por un sol radiante podría dedicarlo a las cosas y hechos que me
deslumbraron: la inteligencia del compañero de estudios, la filigrana
improvisada de Maradona, la extrañeza
del cuento de Quico Cadaval, la
sensualidad de la negra al bailar, la sonrisa de una chica al despedirse de un
amigo, las buenas energías que transmiten algunos seres al dar la mano, la
capacidad adivinatoria que hizo que mi madre regalara la caricia y mi padre
pronunciara la palabra dura y justa en el momento preciso, la mujer que estuvo
ante mis ojos sólo un instante pero cuyo recuerdo me persiguió siempre al punto
que me pasé la vida persiguiendo su imagen, el verso o la frase que leí con la
envidia de no ser su autor o, por que no, esa sensación que en esos días se
despertaba en mí al salir a la calle y que nunca he podido definir entre el
agrado o el rechazo por el olor fuerte que nacía de mi cuerpo o la manera en
que la luz que provenía del horizonte cambiaba, haciendo sombras y contrastes,
creando nuevas formas a las calles, resaltando con brillos las cosas,
pegando-transparentando las ropas a los cuerpos sudorosos eróticos creadores de
deseos, la sequedad de la garganta y la sensación aliviadora del agua que moja
los labios, inunda la boca y refresca la vida. La ansiedad por llegar a cobijo
de la sombra, desnudar el cuerpo, sentir bajo los pies el frío del piso, dejar
correr el agua de la ducha por el cuerpo erguido, la cabeza hacia atrás, los
brazos en alto, todo en posición de adoración o dos cuerpos que se rechazan por
el sudor pero que un orgasmo junta y
refresca al contacto de la lengua con una piel salada.
Los días
grises, oscuros, siempre han estado predestinados a la evocación melancólica,
triste, dolorosamente apabulladora. Han sido usados para reavivar los odios,
los rencores, urdir las venganzas. Más que añorar o evocar, optaré por el
saudade, esa palabra portuguesa que se refiere a recordar con emoción. Yo los
dedicaré a ello: a traer a mi memoria no el vacío de la despedida de una mujer
que me amó sino el alivio de sus caricias y palabras, no el dolor sino los
buenos recuerdos atropellados en mi cabeza ante el cadáver de mi padre, no el
gesto siempre preocupado de mi madre al despedirme sino su sonrisa al verme
regresar, no la desazón sino la paz que me daba alguna mujer que según la razón
no debí amar, no las angustias sino la alegría de vencer las dificultades.
Pero los
rompecabezas -dice Perec- están constituidos por pequeñas piezas que al
juntarse constituyen un todo cuya armonía radica no en la totalidad sino en los
contrastes y desvanecencia de las formas
y los colores. Se arman sólo cuando las piezas que se juntan, después de probar
todas las combinaciones posibles, adquieren un significado. En ellos los
paisajes actúan como fondos de las figuras, iluminándolas u oscureciéndolas,
según la sensación que quieran despertar. Lo radiante, lo lleno de luz siempre
asociado a la alegría, a la felicidad. Lo oscuro, lo sombreado, a la tristeza,
al ocaso, a la decadencia. No bastaría porque vivir la vida, aun en la
imaginación, es eso: instantes de alegría y dolor, de esperanza e impotencia, contrastes
que se juntan para construir su significado.

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